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jueves, 22 de septiembre de 2016

LA FATAL ADICCIÓN AL PODER

 


 

LA FATAL ADICCIÓN AL PODER

Por Alfredo M. Cepero

Director de www.lanuevanacion.com

Sígame en: http://twitter.com/@AlfredoCepero

De ahí que es posible calificar la adicción al poder como la más terrible y dañina de todas las adicciones.

Las últimas semanas de estas elecciones presidenciales en los Estados Unidos han puesto de manifiesto la extrema influencia sobre la conducta humana de la obsesión por acumular y preservar poder, en este caso poder político. Creo, sin embargo que, antes de profundizar en la adicción al poder político, es oportuno definir la adicción en forma genérica. La definición más simple de adicción que nos ofrece el Diccionario Merriam-Webster nos dice: "Una firme y dañina necesidad de poseer o hacer algo con regularidad".

Este tipo de control sobre la mente y la conducta de los seres humanos es atribuido generalmente a drogas como la heroína y la cocaína. La explicación del fenómeno por el cual la obsesión por el poder político ejerce un control similar al de estas drogas sobre la conducta humana demanda la opinión de expertos en psicología y en las ciencias de la conducta. Como yo no lo soy y no estoy dispuesto a hacer el ridículo, acudo a la opinión de un experto calificado en estos temas. En este caso el Dr. Ian Robertson, Director del Instituto de Neurociencia del Trinity College, en Dublin.

En uno de sus análisis de este fenómeno, Robertson escribe: "El poder produce un aumento de la testosterona y cambia el cerebro de hombres y mujeres. La testosterona y uno de sus efectos secundarios llamado "androstanediol-3" causan adicción, principalmente porque aumentan la dopamina en una parte del sistema de gratificación del cerebro llamado "núcleo accumbens". La cocaína también ejerce sus efectos a través de este sistema y, al secuestrar nuestro sistema de gratificación del cerebro, puede producir un placer extremo a corto plazo. Y, lo peor, produce una adicción permanente con todas sus fatales consecuencias". Documentada la parte científica paso a la reciente realidad política.

En un gesto de desafío a sus recientes conflictos sobre la manipulación de sus correos electrónicos y la utilización de sus cargos políticos para llenar las arcas de la Fundación Clinton, Hillary se presentó en las Torres Gemelas de Nueva York para participar en los actos conmemorativos de la masacre del 11 de septiembre de 2001. Por razones que han sido reportadas e interpretadas en formas diversas según las fuentes que traten el tema, Hillary se vio obligada a ausentarse de manera apresurada, pero no antes de sufrir un desmayo que fue captado en un video amateur. La prensa "complaciente" que promueve su candidatura no pudo protegerla del infortunado episodio porque el video corrió como la pólvora en las redes sociales con el consiguiente impacto negativo en las encuestas de opinión pública.

Este deplorable incidente de una mujer que muchos dirían que lo ha logrado todo en la vida me hace formularme varias preguntas. ¿Cuántas mujeres en la historia política norteamericana han sido Primera Dama de un estado, Primera Dama de la nación, Senadora Federal y Secretaria de Estado? ¿Cuántas han recorrido el mundo y ejercido influencia en acontecimientos trascendentales en una vida pública que se ha extendido por 37 años? ¿Cuántas, como ella, han tenido la bendición de ser madres y abuelas en el ocaso de su existencia? ¿Cuántas han llegado a los llamados "años de oro" con cuentas bancarias que ascienden a millones de dólares? ¿Por qué entonces esta dama de 69 años, con recursos para disfrutar de una vida en opulencia se somete a la tortura física y sicológica de una brutal campaña política?

La respuesta la dejo para el final porque antes quiero analizar el sistema político en que predominan los gobernantes que padecen de la fatal adicción al poder en que tanto ellos como sus gobernados se convierten en víctimas. Ese sistema son las dictaduras o las tiranías encabezadas por hombres "providenciales". Un limitado recorrido por la historia nos muestra los casos de Hitler, que se suicidó para no enfrentar la justicia, y de César, Mussolini, Ceausescu, Gadafi y Sadam Hussein que murieron a manos de quienes, hasta la víspera, habían sido sus víctimas. Por otra parte, Mao, Stalin y Fidel Castro--quién a todos los efectos prácticos ya desapareció de este mundo--lamentablemente murieron en sus camas.

Todos ellos, sin embargo, se perpetuaron en el poder erguidos sobre los cadáveres de millares de víctimas. No voy a contabilizar el número de dichos infortunados porque es muy difícil lograr estadísticas exactas en regímenes donde impera el terror de estado. Lo que no tiene discusión es que la lista de monstruos que he citado produjo un saldo macabro de millones de seres humanos. Gente totalmente inocente de los motivos que causaron su desaparición. De ahí que es posible calificar la adicción al poder como la más terrible y dañina de todas las adicciones.

Por otra parte, estas atrocidades no se producen en regímenes democráticos. Porque la democracia, con su separación de poderes, la independencia de su judicatura y la libertad de sus medios de información constituye un valladar a estas aberraciones. Entre todas las existentes en la actualidad, la más influyente ha sido sin dudas la Democracia Americana, que se ha ganado la distinción no sólo de ser la pionera sino de ser la madre de todas las democracias. Y no me vengan los "eruditos de pacotilla" con que la primera democracia fue la griega.

Todo empezó con la fundación de esta nación y la visión política de su padre fundador. Cuando en 1797, terminado su segundo período, sus hermanos fundadores rogaron a George Washington que aspirara a un tercer período, el general se negó rotundamente. En octubre de 1781 había colgado el sable después de consolidar la libertad con el triunfo de Yorktown . En 1797 se retiraba a Mount Vernon para consolidar la democracia con un gesto de sabiduría con el que demostró a sus conciudadanos que el verdadero poder reside en el pueblo y que no hay hombres imprescindibles. ¡Qué pena que ese ejemplo haya tenido tan pocos imitadores, sobre todo entre nuestros "providenciales" líderes latinoamericanos! Gente que no sabe que es más importante retirarse con elegancia que aferrarse a un poder prostituido por la fuerza de las armas o la artimaña de la trampa.

Pero, así como me salí del camino, regreso a la Clinton. Nadie puede negar el derecho de Hillary o de cualquier norteamericano a aspirar al cargo público para el que se considere calificado. De hecho, el servicio público es una profesión meritoria cuando se realiza dentro de los parámetros de la honestidad y la transparencia. Por desgracia, como ya he dicho y demostrado con anterioridad en estas mismas páginas, Bill y Hillary son deshonestos y cometen sus fechorías protegidos por una prensa comprometida con la izquierda que les facilita una vergonzosa impunidad.

Precisamente por ese motivo, durante más de 30 años habían logrado llevar adelante su agenda de corrupción y engaño. Cuando Obama les arrebató la postulación de Hillary en el 2008 debieron haberse ido a casa a disfrutar a su familia, sus amigos y su fortuna. Eso lo habría hecho cualquier persona que no sufriera de una aguda adicción al poder. Pero, como todos los adictos, Bill y Hillary han creado su propia realidad y han lanzado a una batalla cruenta a una mujer que ya no cuenta con las facultades con que contaba en 2008.

Por otra parte, nadie podría predecir hoy si Hillary ganará o perderá la consulta del próximo 8 de noviembre. Pero, gane o pierda, seguirá siendo víctima de una fatal adicción al poder que le impide disfrutar de simples placeres de la vida como acariciar la piel suave de un nieto, extasiarse ante la maravilla de un crespúsculo o sentirse hechizada ante el embrujo de una noche de luna. Pero el diccionario de sus ambiciones no incluye esas palabras. ¡Pobre mujer que dilapida los grande tesoros de la existencia humana a cambio de las glorias efímeras del poder político!

9-21-16

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